Cuando la Materia Aprende a Hablar
Mis inicios en la escultura
Gunter González
7/11/20263 min read


Si alguien me hubiera dicho, antes de 2026, que terminaría haciendo esculturas en bronce, me habría echado a reír. La escultura siempre me pareció una disciplina mágica, reservada para espíritus tocados por un don ajeno.
Jamás conté el modelado entre mis talentos. No estaba en mi radar; no figuraba en la idea que yo tenía de mí. Pero, a finales de 2025, sin aviso previo, se despertó la curiosidad. Llegó sin pedir permiso y entró de golpe.
Decidí tomar un curso sin saber si sería capaz de hacer algo con mis manos. Tengo 50 y, para muchos, es tarde para empezar.
Tuve la fortuna de adquirir algunas piezas de bronce. Esa fue la semilla de la curiosidad. Entre esas piezas, primero una y luego otra, de la artista italiana radicada en México, Francesca Dalla Benetta.
Ella inspira: es cercana, tranquila y vende su arte con la misma pasión con la que lo crea, pero de forma íntima, sin invadir.
Sacó un curso —que decidí comprar en enero— para hacer una escultura en bronce de principio a fin: desde el modelado hasta tener tu escultura sobre su base de mármol. Pero no me percaté de que el curso empezaba en abril, y el bicho de la curiosidad —ese deseo de crear— ya había despertado. Así que decidí buscar otro taller donde aprender mientras llegaba el curso de la Benetta (así la conocen en el medio, y el “la” lleva implícito el respeto de quienes admiran su arte).
Hay una academia llamada Atelier DArt, donde enseña el maestro Manuel Alvarado, reconocido escultor que ha forjado con sus manos incontables piezas. Hoy se dedica a enseñar y a imprimir su pasión en quienes, como yo, llegan con sueños nuevos.
En esa academia, Atelier DArt, no solo encuentras tu pasión: encuentras amigos. Un mundo nuevo, lejos de mi día a día, pero cercano en el alma.
Ahí me enfrenté a un boceto sin haber dibujado nunca y, de ahí, a un relieve… Y la plastilina empezó a hacer su magia. Entre tardes que duran poco —porque esas 4 horas son las más cortas del día—, risas nuevas y un ambiente que invita a quedarse, la plastilina empezó a cobrar vida.
Algo tenía claro: quería aprender. Y cada lección del maestro la deshacía y la volvía a hacer. No quería una escultura hecha por sus manos expertas, por pedacitos; quería algo mío, sin importar el resultado.
La magia de ese sitio es única. Tus compañeros —esos que también sueñan con ser escultores— te animan, te emocionan, para que empieces a creerte que lo puedes lograr. Y Manuel, con su calidez constante, guía; recorta tu pieza como hábil sastre y, con su ojo entrenado, te dice por dónde seguir.
Ahí conocí a Normita, con sus mil y una historias, que vive en su pequeña república independiente. Al Vikingo (el nombre se lo puse yo), un ingeniero soldador y romántico empedernido, con un talento que te deja con ganas de llegar ahí. Al buen Mau, al que todos amamos (con y sin albur). Al “sobador”, experto en dejar superficies extra pulidas. Y a la entrañable Gina, la encargada de sacarte historias y de que te vayas abriendo con habilidad de experta. Sin ella, las clases no son iguales.
Lo que vino después fue una vorágine imparable. Una pieza llamaba a la otra. La necesidad de dar forma se convirtió en una urgencia que me ha acompañado por meses. Soy intenso, lo reconozco, y cuando elijo algo me vuelco por completo. Solo hay una vida y la quiero vivir al mil. Que me quiten lo bailao.
De la plastilina pasamos al yeso… Digno de aprender, pero hasta ahí. Tengo la paciencia muy limitada y por ahí no era… Quería seguir al bronce, lograr esas piezas de la Benetta, claro, salvando las distancias.
Y una cosa llevó a la otra. Conoces en el camino a muchas personas que suman: maestros fundidores, artistas con trayectoria que te animan. Otros, en cambio, dejan ver recelo, como si el cupo para nuevos soñadores se hubiera terminado. Pero eso siempre me ha importado poco.
En mi camino me he encontrado más “no” que “sí”, y eso ha sido el motor que me mueve a saltar. Cuando dudo, algo interno me lleva a moverme, por inercia, con una perseverancia que hasta a mí me sorprende. Y ese volver sobre tus pasos… caminarlos de nuevo hasta encontrar un nuevo camino… eso me llevó al primer bronce… luego al segundo… y ya llevo 6, con un montón de planes por venir.
Les iré contando más de este proceso, de las cosas que me voy encontrando en el camino. Y algo les digo: no dejen de soñar, que para cumplir tus sueños solo tienes esta vida.
Gunter González
Escultura contemporánea con alma.
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