“Y qué mala Magdalena”: una serie de esculturas nacida de una memoria cubana
Descripción de la publicación
Gunter González
7/11/20264 min read


Hay frases que uno no aprende: se le quedan adentro.
En Cuba, basta que alguien diga: “Y qué mala Magdalena…”
para que otro complete, casi sin pensarlo:“con tantas cintas y lazos…”
No hace falta explicar demasiado. La frase aparece sola, como si hubiera estado guardada en algún rincón de la infancia. Viene con una música antigua, con el eco de la escuela, con la voz de alguien recitando a José Martí, con esa mezcla de ternura y juicio que tienen algunos versos cuando se quedan grabados para siempre.
De ahí nace esta serie de esculturas.
“Y qué mala Magdalena” no nació para ilustrar literalmente un poema. Nació porque esa frase me siguió acompañando. Porque hay palabras que regresan cuando uno menos lo espera. Porque a veces una línea de la infancia se convierte, con los años, en una puerta hacia algo más profundo.
Una frase que vive en la memoria
El poema “Los zapaticos de rosa”, de José Martí, forma parte de una memoria compartida. Para muchos cubanos, no es solo literatura: es una escena íntima, una huella emocional. Uno puede olvidar fechas, nombres o lecciones enteras, pero esa frase sigue ahí, intacta.
“Y qué mala Magdalena…”
Siempre me ha llamado la atención esa manera tan rápida de juzgar a alguien. Magdalena aparece en el verso como una niña adornada, con cintas y lazos, pero también como una presencia incómoda. Una figura que despierta una frase, una reacción, una mirada.
Con el tiempo, empecé a preguntarme quién era Magdalena más allá de esa línea. Qué escondía. Qué cargaba. ¿Qué parte de ella era realmente “mala” y qué parte era solo el reflejo de una mirada ajena?
Ahí empezó mi necesidad de llevarla a la escultura.
Magdalena no es mala: Magdalena es humana
Cuando trabajo en esta serie, no pienso en Magdalena como un personaje cerrado. No quiero decir quién es ni dictar una explicación. Prefiero acercarme a ella con cuidado, como quien se aproxima a un recuerdo delicado.
Para mí, Magdalena puede ser vanidad, sí, pero también defensa. Puede ser ornamento, pero también soledad. Puede ser una niña vista desde afuera, una mujer recordada desde adentro, una figura que carga con lo que otros dijeron de ella.
No me interesa juzgarla. Me interesa escucharla.
En estas esculturas, Magdalena aparece como una presencia interior. No como una respuesta, sino como una pregunta. Su “maldad” quizá no es maldad. Quizá es carácter. Quizá es miedo. Quizá es una forma de protegerse. Quizá es solo una etiqueta que alguien le puso y que ella nunca pidió.
Esculpir desde lo que me mueve
Soy un escultor novel. Lo digo sin pose y sin solemnidad. Estoy aprendiendo a escuchar la materia, a equivocarme con ella, a entender sus tiempos. La escultura me ha enseñado que no todo se controla y que muchas veces una pieza empieza a decir algo distinto a lo que yo creía.
En mi sitio suelo hablar de escultura contemporánea con alma, de materia viva y volumen, y eso es exactamente lo que busco con esta serie: que la materia no sea fría, que tenga una respiración propia, que parezca guardar algo por dentro.
No quiero que estas piezas suenen a discurso. Quiero que se sientan cercanas. Que alguien las mire y diga: “yo conozco esa sensación”, aunque no sepa ponerla en palabras.
Porque para mí la escultura no solo se mira. También se recuerda.
La infancia, la isla y lo que se queda
Hay recuerdos que no están completos. Vienen en pedazos. Una frase. Una imagen. Una emoción. Un tono de voz. A veces eso basta.
“Y qué mala Magdalena” trae para mí un pedazo de Cuba. No como postal, sino como memoria viva. Trae la escuela, la repetición, el poema aprendido, la cultura compartida, esa complicidad inmediata de saber que otra persona también puede completar la frase.
No hay cubano que no entienda esa clave emocional.
Por eso esta serie no habla solamente de Magdalena. Habla también de lo que la memoria hace con nosotros. De cómo una frase pequeña puede quedarse sembrada durante años y luego salir convertida en forma, en gesto, en volumen, en bronce, en silencio.
Una serie de esculturas íntima y sencilla
Quiero que esta serie tenga un lenguaje sencillo. No busco esconderla detrás de palabras complicadas. La siento como algo más íntimo: una conversación conmigo mismo, con mi origen, con Martí, con la infancia y con esa parte de todos nosotros que alguna vez fue mirada sin ser comprendida.
Cada pieza de “Y qué mala Magdalena” intenta acercarse a esa contradicción: lo bello y lo incómodo, lo adornado y lo herido, lo suave y lo áspero, lo que se muestra y lo que se guarda.
Magdalena tiene cintas y lazos, pero también tiene misterio. Tiene nombre, pero no explicación completa. Tiene una frase encima, pero quizá otra historia por dentro.
Y esa historia es la que quiero desdoblar con las manos.
Mirar a Magdalena otra vez
Tal vez esta serie sea mi forma de mirar a Magdalena otra vez. De quitarle un poco el peso del juicio. De preguntarme qué ocurre cuando una frase heredada se vuelve materia. De abrir una puerta entre la poesía y la escultura, entre José Martí y mi propio camino como artista emergente.
No intento explicar el poema. No intento corregirlo. Solo lo llevo conmigo, lo dejo resonar y permito que esa resonancia encuentre una forma.
Magdalena, para mí, ya no es solamente una niña del verso. Es una presencia que vuelve. Una memoria cubana que se transforma. Una figura que me permite hablar de identidad, ternura, contradicción y belleza imperfecta.
Y quizá por eso me emociona tanto.
Porque al esculpirla, no siento que esté creando solo una serie de piezas. Siento que estoy tocando una parte mía. Una parte que viene de lejos, que cruza la infancia, la isla, la palabra de Martí y este presente en el que la materia empieza, poco a poco, a hablar.
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